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Por César Nureña
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¿Cuál sería el costo de producción de aquel par de zapatos, lindos y sofisticados, "made in China", que pretendían venderme la semana pasada, por poco menos de 500 soles (unos 180 dólares)? ¿Cuánto le estarían pagando a los obreros chinos que los hicieron? Difícilmente podría saber ésto, pero era sencillo imaginar las diferencias entre el precio final y el costo de producción. ¿No sería macanudo que, como consumidores, podamos exigir que se nos brinde este tipo de información sobre los productos?
Comprendemos sin esfuerzo cómo es que hoy, a gran escala, ciertos (muchos en realidad, deben ser la mayoría) grandes productores y/o mercaderes, transnacionales o no, fundan precisamente su grandeza y pujanza en esos "plus" logrados a partir del aprovechamiento de la mano de obra barata de lugares depauperizados, y de las facilidades para el flujo de productos hacia mercados en los que los precios de venta superan en varios cientos por ciento los costos reales de su producción.
Desde luego, nada hay de extraño en que las grandes corporaciones tiendan a maximizar sus ganancias. Es para lo que están diseñadas. Además, los precios se forman, transforman y deforman mediante la oferta y la demanda. Pero, en este juego de la determinación de los precios, la información fluye solo en un lado del espectro. Las empresas y los comerciantes saben cuánto cuesta producir algo y cuánto ganan con la venta. Tienen también muchas veces información sobre el comportamiento de los mercados de insumos y otros factores de la producción, información bursátil, etc.
Los consumidores, en contraste, por lo común tienen acceso solo a la información que nos es dada sobre los precios de venta de los productos, la marca, el lugar de elaboración, a veces algunas instrucciones, recomendaciones de uso, o datos sobre componentes o características.
Comprendemos sin esfuerzo cómo es que hoy, a gran escala, ciertos (muchos en realidad, deben ser la mayoría) grandes productores y/o mercaderes, transnacionales o no, fundan precisamente su grandeza y pujanza en esos "plus" logrados a partir del aprovechamiento de la mano de obra barata de lugares depauperizados, y de las facilidades para el flujo de productos hacia mercados en los que los precios de venta superan en varios cientos por ciento los costos reales de su producción.
Desde luego, nada hay de extraño en que las grandes corporaciones tiendan a maximizar sus ganancias. Es para lo que están diseñadas. Además, los precios se forman, transforman y deforman mediante la oferta y la demanda. Pero, en este juego de la determinación de los precios, la información fluye solo en un lado del espectro. Las empresas y los comerciantes saben cuánto cuesta producir algo y cuánto ganan con la venta. Tienen también muchas veces información sobre el comportamiento de los mercados de insumos y otros factores de la producción, información bursátil, etc.
Los consumidores, en contraste, por lo común tienen acceso solo a la información que nos es dada sobre los precios de venta de los productos, la marca, el lugar de elaboración, a veces algunas instrucciones, recomendaciones de uso, o datos sobre componentes o características.
Hay productos comestibles que incluyen en las etiquetas o envoltorios información nutricional, componentes y número de registro sanitario. Hay normas que obligan a los fabricantes de cigarrillos a colocar avisos en los paquetes señalando que son dañinos para la salud. Las etiquetas de la cerveza y otros licores indican que beber en exceso es dañino, etcétera, etcétera, etcétera, etcétera.
Es debido a muchos factores que existen normas que prescriben que quienes producen u ofrecen los bienes nos den también ciertos datos sobre el producto u otra información relevante. Hay mecanismos administrativos (sanitarios, por ejemplo) y político-institucionales y legislativos (leyes de defensa de los consumidores) que, desde los Estados, regulan esto hasta donde pueden. Existen también normas técnicas internacionales, además de información brindada por los propios productores (p.e. para facilitar u optimizar el uso de artefactos).
Pero también la acción concertada de los consumidores puede ejercer presión sobre los mecanismos administrativos y políticos mencionados, e incluso sobre las corporaciones. Los movimientos de consumidores han tenido desde hace varias décadas un rol importante en los mercados, no solo en los países noratlánticos; y no pocas veces el boicot abierto o las amenazas de boicot han puesto contra las cuerdas a grandes corporaciones. La historia económica reciente puede dar testimonio de estos casos.
En el nivel microsocial, el comprar o no una cosa en un mercado "libre" es comúnmente la expresión de una decisión económica en la que el actor social evalúa sus necesidades en función de lo que los bienes significan y satisfacen, pero también atendiendo a costos y beneficios y a lo que se sabe o no sobre los productos.
Dado que la información hace parte de las decisiones económicas y de su eficacia, los consumidores podemos exigir que se nos informe sobre los detalles que queramos saber acerca de los productos que nos son ofrecidos. Podemos poner condiciones explícitas o tácitas.
Si quiero comprar un cuaderno para ir a clases en San Marcos, de entre dos similares, quizá me incline por uno que traiga el mensaje: "hecho con papel reciclado". Hay también iniciativas de "comercio justo" en las que las cosas y los precios se manejan dentro de ciertos estándares de equidad y beneficio mutuo tanto para productores como para consumidores.
En el documental "The Corporation", de Mark Achbar y colaboradores, un funcionario norteamericano mostraba cómo la etiqueta de una prenda de vestir alentaba su adquisición indicando que un porcentaje del precio pagado se destinaría a la "ayuda a los niños". No obstante, una investigación había revelado que la prenda había sido confeccionada con mano de obra infantil subvaluada en un país muy muy pobre.
¿Qué pasaría si una norma obligara a las transnacionales y/o empresas importadoras a mostrar en las etiquetas de los productos información verificable sobre su costo de producción y el salario mensual promedio (expresado en euros o dólares) de quienes los hicieron? Pienso que ésta sería información relevante que a muchos consumidores les gustaría tener en cuenta al momento de tomar una decisión de compra. ¿Podemos exigir que se nos dé esa información? Yo creo que sí. ¿Por qué no?
Si contáramos con esa información, ¿les sería posible a los productores y grandes mercaderes elevar, sin rubor, hasta la obscenidad los precios de lo que nos venden? Sospecho que ahorraríamos mucho.
Si planteáramos, por la vía que fuere (política, legislativa, administrativa, etc.), que se nos brinde esta información sobre costos y salarios, ¿qué podrían alegar las corporaciones para negarse a ofrecerla? A fin de cuentas, somos nosotros quienes las sostenemos con nuestras decisiones de compra (des)informadas. Somos, en última instancia, los patrones.
Aún sin una norma que las obligue, algunas empresas, las que no teman ser sinceras, podrían voluntariamente ofrecer esta información como una forma de mostrarse transparentes con sus clientes. Éstos últimos podrían preferir comprar a éstas empresas, no solo por la buena voluntad o por el lindo gesto, sino por que estarían pagando precios "razonables", según sus propios estándares, y no solo según los criterios de quienes aparecen como poniendo los precios siguendo el libre juego de la oferta y la demanda, "inspirados" y tocados por "la mano invisible" del mercado.
Esa sería una forma. Pero lo ideal, desde mi perspectiva, sería tener normas de transparencia comercial de este tipo publicadas en el diario oficial o expresadas en acuerdos internacionales. Quiero pensar que esto es posible. Ya va a venir el día!!!
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(Un fantasma recorre los mercados... )